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Territorio

El gueto moderno

Rolando Fryderup · 4 de abril de 2027 · 3 min de lectura

En la periferia de Estocolmo, los barrios de Rinkeby y Husby son casi exclusivamente habitados por personas de origen somalí, sirio e iraquí.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El gueto moderno

En la periferia de Estocolmo, los barrios de Rinkeby y Husby son casi exclusivamente habitados por personas de origen somalí, sirio e iraquí. En las banlieues de París —Seine-Saint-Denis, Clichy-sous-Bois— viven mayoritariamente familias de origen africano y norteafricano. En Madrid, la Cañada Real es un asentamiento lineal de quince kilómetros donde conviven miles de personas, muchas de ellas migrantes, sin servicios básicos completos. En Santiago de Chile, los campamentos de Antofagasta y Recoleta concentran a población migrante en condiciones de hacinamiento. Son guetos modernos: espacios donde la segregación no la impone una ley escrita sino el mercado, el prejuicio y la negligencia del Estado.

El gueto moderno no tiene muros visibles. No necesita alambradas ni leyes de segregación formal. Lo construyen el precio del arriendo, la discriminación laboral, el rechazo del vecino, la ausencia del Estado. Cuando los migrantes solo pueden acceder a viviendas en los barrios más pobres, cuando los colegios de esos barrios se llenan de niños migrantes mientras los nacionales envían a sus hijos a escuelas privadas, cuando los servicios de salud se saturan y nadie amplía la inversión pública, el resultado es la segregación de facto. El gueto moderno no se declara: se produce, se naturaliza y se ignora.

En Chile, esta realidad es visible. En Antofagasta, la población migrante —principalmente venezolana y haitiana— se concentra en campamentos y residencias precarias. En Santiago, los barrios del centro y la Recoleta albergan a migrantes que no pueden pagar arriendos en zonas más seguras. La segregación no es solo espacial: es social, económica, simbólica. El migrante vive en ciertos barrios, trabaja en ciertos oficios, envía a sus hijos a ciertas escuelas, compra en ciertas tiendas. La ciudad se divide en zonas visibles e invisibles, y el migrante habita la parte que el resto prefiere no mirar.

La ficción distópica ha retratado la ciudad segregada con precisión quirúrgica. En 『Alphaville』 de Godard, los sectores se dividen por función y clase. En 『Elysium』 de Neill Blomkamp, la élite vive en una estación espacial mientras los pobres se hacinan en la Tierra arruinada. En 『Parable of the Sower』 de Octavia Butler, los barrios amurallados protegen a quienes pueden pagar mientras el resto sobrevive en el caos. La segregación urbana es el primer paso hacia la segregación existencial: si no compartes el espacio, no compartes la humanidad.

Romper el gueto moderno requiere políticas de integración urbana: vivienda social mixta, inversión en servicios públicos, transporte que conecte las periferias, escuelas inclusivas. Pero sobre todo requiere voluntad política para reconocer que la segregación no es natural ni inevitable: es el resultado de decisiones que pueden revertirse. El gueto no es destino. Es diagnóstico. Y el diagnóstico dice que nuestras ciudades están enfermas de desigualdad, y que los migrantes son quienes más sufren los síntomas de una enfermedad que todos padecemos.

La Cañada Real Galiana en Madrid, donde viven miles de personas en condiciones precarias, es un ejemplo paradigmático. Lleva décadas existiendo. El ayuntamiento promete realojos que nunca llegan. Los niños crecen sin escolarizar. Los servicios básicos son un lujo. Es un gueto dentro de una capital europea del siglo XXI. Y la mayoría de los madrileños no saben que existe, o prefieren no saberlo.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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