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Distopía

El estudiante que dijo NO

Rolando Fryderup · 1 de mayo de 2027 · 4 min de lectura

Todos aplaudieron. Uno se quedó de pie sin aplaudir.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El estudiante que dijo NO

Todos aplaudieron. Uno se quedó de pie sin aplaudir. Ese gesto lo cambió todo. En la Noruega ocupada por los nazis, los maestros se negaron a incorporar la ideología fascista al currículo. Mil de ellos fueron enviados a campos de concentración. Pero la huelga continuó, y el régimen tuvo que ceder. Un solo gesto de rechazo —no aplaudir, no colaborar, no asentir— puede ser el primer eslabón de una cadena que el poder no puede romper. Porque el poder se alimenta del consentimiento, y el consentimiento se fabrica con aplausos.

La historia está llena de esos gestos. En 1989, el hombre desconocido que se paró frente a una columna de tanques en Tiananmén —Tank Man— se convirtió en símbolo de la resistencia individual. En 1936, durante los Juegos Olímpicos de Berlín, el atleta japonés Sohn Kee-chung se negó a honrar la bandera nazi. En Chile, la campaña del NO del plebiscito de 1988 fue un acto colectivo de disidencia en un país donde disentir era peligroso. Pero antes de la campaña, antes del plebiscito, hubo millones de gestos pequeños: un estudiante que no se levantó cuando pasó la patrulla, una madre que escribió el nombre de su hijo en un muro, un trabajador que cantó bajo su aliento.

En la Rusia de Putin, los estudiantes que se niegan a apoyar la guerra en Ucrania son expulsados, perseguidos, encarcelados. En Irán, las mujeres que se quitan el hiyab en público cometen un acto de desobediencia que puede costarles la cárcel o la vida. En Belarus, los que aplauden al dictador Lukashenko son libres; los que no aplauden son detenidos. El gesto de no aplaudir —de quedarse de pie en silencio mientras todos vitorean— es el gesto más subversivo del mundo, porque no requiere armas ni organización: solo requiere un cuerpo que se niega a mentir.

La ficción distópica celebra ese gesto. En 『1984』, Winston Smith escribe en un diario: el gesto más pequeño y más peligroso. En 『The Hunger Games』, Katniss ofrece las moras a Rue: un acto de dignidad que enciende la revolución. En la película 『The Wave』, basada en un experimento real, un estudiante se niega a participar en el movimiento fascista que ha consumido a su clase. Ese solo gesto basta para quebrar el hechizo de la obediencia.

El estudiante que dijo NO no era más valiente que los demás. Tenía el mismo miedo, las mismas dudas, las mismas razones para callar. Pero algo dentro de él —un instinto, un principio, una chispa— le impidió aplaudir. Y cuando no aplaudió, alguien más lo vio y pensó: yo tampoco quiero aplaudir. Así empieza la resistencia: no con una revolución, sino con un gesto. No con un manifiesto, sino con un silencio. No con mil voces, sino con un cuerpo que se queda de pie cuando todos los demás se sientan. Si alguna vez sientes que debes aplaudir algo que te repugna, recuerda: puedes quedarte de pie. Puedes no aplaudir. Y eso basta.

En Chile, el gesto del NO en el plebiscito de 1988 fue exactamente eso: millones de personas que se quedaron de pie sin aplaudir, que marcaron una cruz en una papeleta y con ese gesto minúsculo empezaron a desmontar una dictadura. No fue una revolución espectacular: fue un acto de silencio colectivo que dijo más que mil gritos. A veces, la resistencia más poderosa es la más quieta.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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