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Territorio

El derecho a moverse

Rolando Fryderup · 7 de abril de 2027 · 3 min de lectura

Un pasaporte alemán te permite entrar sin visa a ciento noventa países. Un pasaporte afgano te da acceso a veintisiete.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El derecho a moverse

Un pasaporte alemán te permite entrar sin visa a ciento noventa países. Un pasaporte afgano te da acceso a veintisiete. Naciste en Frankfurt o naciste en Kabul: esa sola circunstancia determina si puedes volar a Tokio, caminar por París o cruzar la frontera canadiense. No lo decidiste tú. No lo mereciste. Es azar geográfico, lotería del nacimiento. Pero las consecuencias no son azarosas: son brutalmente predecibles. Quien nace con pasaporte poderoso tiene el mundo abierto. Quien nace sin él tiene el mundo cerrado. ¿Eso es azar o es injusticia?

El Índice Henley de Pasaportes, que mide la libertad de viaje según el documento de identidad, revela una geografía de la desigualdad tan precisa como escalofriante. Los pasaportes más fuertes pertenecen a países ricos: Japón, Singapur, Alemania, Corea del Sur. Los más débiles pertenecen a países devastados por la guerra, la pobreza o las sanciones: Afganistán, Irak, Siria, Somalia. La correlación es perfecta: cuanta más necesidad tienes de moverte, menos puedes hacerlo. Cuanto más seguro estás, más libre eres para ir. El sistema de pasaportes es una máquina que convierte la desigualdad económica en desigualdad de libertad.

La Declaración Universal de Derechos Humanos, en su artículo 13, establece que toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia. Pero ese derecho es una ficción para la mayoría de la humanidad. El derecho a moverse existe solo para quienes ya pueden moverse. Para los demás, hay muros, visas, cupos, controles, cuarentenas, campos de detención. La libertad de movimiento es el derecho más desigualmente distribuido del planeta, y sin embargo es el menos discutido. Nos escandalizamos por la censura y la tortura, pero aceptamos sin rechistar que la mitad de la humanidad no pueda cruzar una frontera.

En la ficción distópica, la restricción del movimiento es el primer síntoma del totalitarismo. En 『The Handmaid's Tale』, las mujeres no pueden salir sin permiso. En 『Brave New World』, las castas inferiores no viajan. En 『Fahrenheit 451』, el protagonista huye porque quedarse es morir. La distopía sabe que controlar el movimiento es controlar la vida: quien no puede irse no puede elegir, y quien no puede elegir no es libre.

Imaginen un mundo donde el derecho a moverse fuera realmente universal. Donde cualquier persona pudiera cruzar cualquier frontera con la misma facilidad con que un alemán cruza la de Francia. Sonaría a utopía, ¿verdad? Y sin embargo, ese fue el mundo que existió —parcialmente— antes de la Primera Guerra Mundial, cuando los pasaportes no eran requeridos para viajar entre la mayoría de los países europeos. El mundo cerrado que habitamos no es natural ni eterno: fue construido, y puede ser desconstruido. La pregunta es si tenemos la voluntad de hacerlo. La injusticia no se reforma sola. El muro no cae por voluntad propia. El pasaporte que te encarcela no se invalida solo. Se necesita movimiento —exactamente eso que se nos niega— para conquistar el derecho a moverse.

Un pasaporte chileno permite entrar a ciento setenta y cuatro países sin visa. Un pasaporte haitiano permite entrar a veintiséis. La diferencia entre un caribeño y un sudamericano, entre alguien que puede planear un viaje y alguien que no puede siquiera soñarlo, es el documento que le tocó en la lotería del nacimiento. Nada más. Y nada menos.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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