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Sociedad

El derecho a enfermarse

Rolando Fryderup · 7 de enero de 2027 · 3 min de lectura

¿Tienes derecho a negarte a un tratamiento médico? ¿A rechazar una vacuna?

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# El derecho a enfermarse

¿Tienes derecho a negarte a un tratamiento médico? ¿A rechazar una vacuna? ¿A elegir cómo enfrentar tu propia enfermedad? La pregunta parece absurda en un mundo donde la autonomía corporal es un principio aceptado, pero la pandemia la hizo urgente. Cuando los gobiernos impusieron tratamientos, vacunas y confinamientos obligatorios, la tensión entre la salud pública y la autonomía individual se convirtió en conflicto. Y el conflicto sigue sin resolver: ¿tu cuerpo te pertenece o le pertenece al colectivo?

El derecho a enfermarse no es un derecho reconocido en ninguna constitución, pero es la consecuencia lógica de la autonomía corporal. Si tienes derecho a decidir sobre tu cuerpo, tienes derecho a decidir no tratarte, incluso si esa decisión te perjudica. Es la misma lógica que permite rechazar una transfusión de sangre, negarse a la quimioterapia o firmar un testamento vital. La medicina moderna se basa en el consentimiento informado: sin él, cualquier procedimiento es una agresión. Pero la pandemia puso a prueba ese principio y, en muchos casos, lo perdió.

El argumento de la salud pública es poderoso: cuando tu enfermedad afecta a otros, tu autonomía tiene límites. El enfermo de tuberculosis que se niega a tratamiento puede contagiar a decenas; el no vacunado puede ser vector de una enfermedad prevenible. La responsabilidad colectiva no es una invención autoritaria: es la base de la convivencia. Pero la responsabilidad colectiva tampoco es un cheque en blanco. Cuando el Estado puede obligarte a recibir un tratamiento que no deseas, la pregunta es dónde termina la protección y dónde comienza la coerción.

Como escritor de distopías, pienso en los escenarios donde el cuerpo no es territorio personal sino propiedad estatal. En 2081, de Kurt Vonnegut, el Estado iguala a los ciudadanos modificando sus cuerpos. En Un mundo feliz, la pertenencia al colectivo es absoluta. La obligatoriedad médica comparte una premisa con esas ficciones: la idea de que el individuo es un medio para el bienestar colectivo, no un fin en sí mismo. Y cuando el individuo es un medio, sus derechos son condicionales, y lo condicional tiende a desaparecer.

La solución no es el individualismo absoluto ni el colectivismo médico. Es el equilibrio, que es siempre más difícil que el extremo. Un marco justo debiera reconocer la autonomía corporal como principio y la salud pública como excepción, no al revés. La carga de la prueba debiera recaer en quien quiere obligar, no en quien quiere resistirse. Y toda obligación debiera ser la menor posible, la más temporal posible y la más supervisada posible. La salud pública justifica muchas cosas, pero no justifica todo.

Desde Pucón, donde la montaña enseña que la naturaleza no perdona pero tampoco impone, escribo para defender el derecho a decir no. Incluido el derecho a decir no a un tratamiento, a una vacuna, a un protocolo. No porque la negativa sea siempre sabia, sino porque la libertad sin el derecho a equivocarse no es libertad. El cuerpo es el primer territorio de la autonomía, y si no lo defendemos, no queda territorio que defender. La salud importa. La libertad también. Y una sociedad que sabe proteger ambas, incluso en la emergencia, es una sociedad que merece sobrevivir.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

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