Sociedad
El código postal destino
Dónde naces determina si vives cincuenta u ochenta y cinco años. No es genética, no es mérito, no es suerte.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El código postal destino
Dónde naces determina si vives cincuenta u ochenta y cinco años. No es genética, no es mérito, no es suerte. Es tu dirección. Es el código postal que te asignaron antes de que pudieras elegir. En Chile, la esperanza de vida en Vitacura es de ochenta y dos años. En San Ramón, a treinta minutos en micro, es de setenta y tres. Nueve años de diferencia por cruzar una comuna. En los Estados Unidos, el distrito de Barry Farm en Washington D.C. tiene una esperanza de vida de sesenta y tres años. A quince minutos en metro, en el barrio de Foggy Bottom, se llega a ochenta y siete. Veinticuatro años de diferencia en la misma ciudad. Tu código postal es tu sentencia. Y la condena se cumple sin juicio ni apelación.
La epidemiología social lo ha demostrado una y otra vez: la salud no depende principalmente del sistema médico, sino de las condiciones de vida. Vivienda, alimentación, transporte, educación, estrés crónico, exposición a contaminación. Los Marmot Reviews, dirigidos por Sir Michael Marmot en el Reino Unido, concluyeron que la desigualdad mata. Literalmente. Cada peldaño que bajas en la escala socioeconómica te acorta la vida. No es una metáfora: es una estadística reproducida en Gran Bretaña, en Chile, en Brasil, en todas partes donde alguien se ha tomado el trabajo de medir.
En Chile, la zona de sacrificio es un término que deberíamos tatuar en la conciencia nacional, porque describe exactamente lo que es: un sacrificio. De unos por otros. Quintero, Puchuncaví, Huasco: comunidades donde las fundiciones y las termoeléctricas envenenan el aire, el agua y el suelo con la complicidad del Estado. Los niños de Quintero tienen plomo en la sangre. Los adultos desarrollan cáncer a tasas que duplican el promedio nacional. El Estado lo sabe. Las empresas lo saben. Y la gente sigue ahí, porque es pobre y porque no hay a dónde ir. La contaminación, como la pobreza, tiene dirección postal. Y la dirección siempre es la misma: la del barrio donde viven los que no pueden elegir vivir en otra parte.
La ficción distópica suele situar las zonas tóxicas en el futuro: la Tierra desolada de «WALL-E», los distritos industriales de «Los juegos del hambre», los barrios bajos de «Blade Runner 2049». Pero las zonas de sacrificio no son futuristas. Existen ahora, aquí, en Chile, en América Latina, en todo el mundo. Y lo más escalofriante es que las reconocemos como tales y no hacemos nada. Les damos un nombre —zona de sacrificio— como si nombrarlas fuera suficiente. No lo es. Nombrar sin remediar es voyeurismo estadístico.
El código postal no debería ser una variable de supervivencia. Pero lo es. Y hasta que no entendamos que la desigualdad en salud no es una desgracia natural sino una decisión política —decisión de dónde poner el hospital, dónde instalar la fábrica, dónde invertir el presupuesto—, seguiremos midiendo la vida en metros cuadrados y zonas postales. Nacer en el barrio equivocado no debería ser una condena. Pero en el Chile real, lo es. Y la condena se firma antes de nacer, con tinta invisible, en el papel del destino que nadie eligió.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile