Territorio
El campo de refugiados eterno
Dadaab, en Kenia, abrió en 1991 para acoger a refugiados somalíes. Treinta y tres años después, sigue allí.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# El campo de refugiados eterno
Dadaab, en Kenia, abrió en 1991 para acoger a refugiados somalíes. Treinta y tres años después, sigue allí. Alberga a más de doscientas mil personas. Algunas nacieron en el campo, crecieron en el campo, tuvieron hijos en el campo y morirán en el campo. No es un refugio temporal: es una ciudad sin futuro, un limbo administrativo donde la vida se suspende indefinidamente. El campo de refugiados fue concebido como solución de emergencia, pero se ha convertido en una forma de existencia permanente. Naciste en un campo. Tus hijos nacerán en un campo. ¿Esto es vida o es espera?
El campo de refugiados de Ain al-Hilweh, en Líbano, existe desde 1948. Lleva setenta y seis años funcionando. Los abuelos que llegaron huyendo de la Nakba palestina ya murieron, pero sus nietos siguen allí, en casas de bloques de hormigón, sin ciudadanía, sin derecho al trabajo formal, sin poder salir del campamento sin permiso. En Yarmouk, cerca de Damasco, un campo de refugiados palestinos se convirtió en campo de batalla y luego en ruinas. La historia de los campos de refugiados es la historia de promesas rotas: vendrán a buscarte, te darán un hogar, esto es temporal. Pero lo temporal se convierte en eterno cuando nadie tiene interés en cambiarlo.
La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 establecía derechos y protecciones. Pero la realidad es que los campos se han convertido en instrumentos de contención: mantener a los refugiados en un espacio delimitado, bajo control, lejos de las ciudades y de la vista. Es más fácil gestionar un campamento que integrar a doscientas mil personas. Es más barato enviar comida que construir escuelas. Más sencillo contar cuerpos que crear oportunidades. El campo de refugiados, supuestamente humanitario, se ha convertido en una prisión a cielo abierto, y la burocracia internacional lo administra con eficiencia tranquilizadora.
En 『The Bone Sparrow』 de Zana Fraillon, un niño nace en un campo de detención para refugiados y nunca ha conocido otra cosa. El muro que lo rodea es su horizonte. En 『Little Bee』 de Chris Cleave, una refugiada nigeriana cuenta cómo el campo de detención en Inglaterra es una cárcel disfrazada de compasión. La ficción distópica no inventa los campos: los describe. Y al describirlos, les quita la coartada humanitaria.
Chile no es ajeno a esta realidad. Durante la dictadura, miles de chilenos vivieron en campos de refugiados en Argentina, Perú, Italia. La diferencia es que para nosotros el exilio fue —en la mayoría de los casos— temporal. Pero para millones de personas en el mundo, el campo es la única vida que conocerán. Y mientras existan campos eternos, mientras haya niños que nazcan y mueran dentro de alambradas, la palabra refugio será un eufemismo inaceptable. Un refugio que dura tres generaciones no es refugio: es condena.
Kakuma, otro campo en Kenia, lleva funcionando desde 1992. Kutupalong, en Bangladesh, alberga a casi un millón de refugiados rohingya desde 2017. Estos no son refugios: son ciudades de la espera, metrópolis del limbo, donde la vida transcurre en suspenso. Y mientras la comunidad internacional envía comida y mantas, la pregunta que nadie se atreve a hacer es: ¿hasta cuándo?
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile