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Territorio

Comida sintética para todos

Rolando Fryderup · 25 de agosto de 2026 · 4 min de lectura

La carne cultivada en laboratorio ya se vende en Singapur. Los insectos se promocionan como la proteína del futuro.

Rolando Fryderup Krause

Escritor · Pucón, Chile

# Comida sintética para todos

La carne cultivada en laboratorio ya se vende en Singapur. Los insectos se promocionan como la proteína del futuro. La soja transgénica alimenta al ganado que alimenta a los ricos, mientras los pobres comen ultraprocesados fabricados con harina, azúcar y colorantes. El sistema alimentario global está roto, y las soluciones que se proponen desde la industria tecnológica son, en el mejor de los casos, parches sobre una herida que necesita cirugía. Y en el peor, son estrategias para que los mismos que rompieron el sistema sigan controlándolo.

No me opongo a la innovación. La carne cultivada podría reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, disminuir la deforestación y aliviar el sufrimiento animal. Los insectos son una fuente de proteína eficiente y sostenible. Pero el problema no es técnico: es político. Quién produce la comida, quién la distribuye y quién decide qué come cada quien. Esas preguntas no se resuelven con más tecnología; se resuelven con más democracia. Y la democracia alimentaria está en crisis.

Hoy, cuatro corporaciones controlan más del ochenta por ciento del mercado global de semillas. Tres empresas dominan el comercio de granos. Dos fabricantes venden la mayoría de los fertilizantes. La concentración es tal que el sistema alimentario mundial depende de decisiones tomadas en juntas directivas de empresas con sede en Suiza, Estados Unidos y China. Si una de ellas falla, millones pasan hambre. Si todas deciden priorizar ganancias sobre nutrición, la dieta mundial se empobrece. Y así, sin que lo votemos ni lo decidamos, el menú global se reduce.

La comida ultraprocesada ya es la dieta de los pobres. En Chile, la mitad de las calorías que consumen los hogares de menores ingresos proviene de productos ultraprocesados. En México, la diabetes es la primera causa de muerte. En Estados Unidos, los desiertos alimentarios, zonas sin acceso a alimentos frescos, afectan a millones de personas. La comida chatarra no es un accidente del mercado: es su lógica. Es más barata de producir, más rentable de vender y más adictiva de consumir. Y la adicción, en el capitalismo, no es un problema: es un modelo de negocio.

La comida como marcador de clase es tan antigua como la desigualdad, pero la comida sintética lo lleva a una dimensión nueva. Cuando los ricos comen orgánico y los pobres comen laboratorio, la nutrición se convierte en apartheid alimentario. Como escritor chileno, pienso en las ferias libres y los mercados populares que resisten contra la industria, en la comida como comunidad y no solo como calorías. En "El crudo invierno del 91", lo que comes define quién eres con una precisión brutal. La distopía no es que exista comida sintética: es que solo algunos puedan elegir no comerla.

En mis ficciones distópicas, la comida sintética es el símbolo de un mundo que perdió su relación con la tierra. Donde nadie sabe de dónde viene lo que come, donde el sabor es diseñado en laboratorio y la nutrición es una fórmula matemática. No estamos tan lejos. La pregunta no es si la comida sintética salvará al mundo, sino para qué mundo la estamos salvando. Si solo los ricos comen natural y los pobres comen sintético, la distopía no es la tecnología: es la desigualdad que la hace necesaria y la indiferencia que la hace aceptable.

Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile

#clima #ecologia #futuro