Sociedad
Agua premium
En un supermercado de Santiago puedes comprar una botella de agua de glaciar patagónico a seis mil pesos.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# Agua premium
En un supermercado de Santiago puedes comprar una botella de agua de glaciar patagónico a seis mil pesos. Seis mil pesos por medio litro de hielo derretido, envasado en vidrio esmerilado con etiqueta minimalista. Mientras tanto, en San Pedro de Quiles, una comunidad rural de la Región de Coquimbo, Marta camina cinco kilómetros cada mañana para llenar un bidón con agua que el Gobierno clasifica como «no apta para consumo humano». Pero la bebe, porque no hay otra. El agua premium y el agua sucia no son dos productos: son dos mundos. Y la distancia entre ambos no se mide en litros sino en derechos.
La OMS estima que dos mil millones de personas en el mundo carecen de acceso a agua potable gestionada de forma segura. Dos mil millones. No es una cifra antigua: es de 2022. En Chile, más de trescientas mil personas dependen de camiones aljibes para su abastecimiento. La privatización del agua, consagrada en el Código de Aguas de 1981 bajo la dictadura, convirtió el recurso en mercancía. Los derechos de agua se regalaron a empresas y particulares. Y quien tiene derechos, tiene poder. Las comunidades agrícolas del secano interior compiten con empresas exportadoras que riegan huertos de palta con sistemas de goteo de última generación. No es escasez natural: es distribución política. La sequía no discrimina, pero la ley sí.
En Ciudad del Cabo, en 2018, la ciudad estuvo a noventa días de quedarse sin agua. El «Day Zero» se evitó con restricciones drásticas para la población, pero las mansiones de Clifton y Camps Bay siguieron llenando sus piscinas. En Flint, Míchigan, los habitantes bebieron agua contaminada con plomo durante años mientras el Estado ahorraba dinero cambiando la fuente de abastecimiento. El agua no es un recurso neutro: es un indicador de quién importa y quién no. Quien decide quién tiene agua decide quién tiene futuro.
La ciencia ficción ha imaginado guerras por el agua desde «Dune» hasta «Mad Max: Fury Road». Pero la guerra ya comenzó, solo que no tiene tanques ni trincheras. En Bolivia, la Guerra del Agua de Cochabamba en 2000 fue un amago de lo que viene. En India, los conflictos entre estados por cuencas fluviales se intensifican cada verano. En Chile, la sequía de la zona central ya es la peor en un milenio, según datos de la NOAA. Los ríos que alimentaban el Valle Central hoy son hilos de barro.
Cada vez que abres el grifo y sale agua clara, estás recibiendo un privilegio. No un derecho: un privilegio. Porque en el mundo real, el agua no fluye para todos. Fluye para los que pueden pagarla. Y a los demás les queda la caminata, el bidón y la resignación. Hay algo profundamente distópico en que el agua de glaciar sea un lujo mientras el agua sucia sea el destino de cientos de millones. Pero la distopía no viene del futuro. Ya está aquí, en el grifo que no tienes, en el camión aljibe que no llega, en la sed que nadie ve.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile