Territorio
50 grados a la sombra
En India y Pakistán, las temperaturas superan los cincuenta grados centígrados. La gente muere.
Rolando Fryderup Krause
Escritor · Pucón, Chile
# 50 grados a la sombra
En India y Pakistán, las temperaturas superan los cincuenta grados centígrados. La gente muere. No es metáfora: es causa de muerte certificada. Mientras tanto, en Europa, olas de calor récord queman bosques y asfalto, y en Chile, los incendios forestales devoran miles de hectáreas cada verano. El calor extremo ya no es anormal: es la nueva normalidad de un planeta que se calienta a un ritmo que la ciencia no anticipó con tanta rapidez. Y cada verano que pasa sin que tomemos medidas drásticas es un verano menos para actuar.
La ola de calor que azotó a India en 2022 fue la más intensa en más de un siglo. Termómetros marcaron cuarenta y nueve grados en Nueva Delhi. Los hospitales colapsaron. Las calles se vaciaron. Los más afectados fueron, como siempre, los más vulnerables: trabajadores informales que no pueden dejar de salir, ancianos sin aire acondicionado, niños en escuelas sin refrigeración. El calor no mata por igual: mata a los pobres, a los viejos, a los que no tienen dónde esconderse. Y mata también a los animales, a los cultivos, a los ecosistemas que no pueden migrar.
El científico climático Luke Harrington ha demostrado que las olas de calor extremas son ahora cinco veces más frecuentes que en la era preindustrial. Y no se trata solo de temperatura: la humedad combinada con el calor crea condiciones de estrés térmico que el cuerpo humano no puede soportar. En regiones del Golfo Pérsico, ya hay días en que la temperatura de bulbo húmedo supera el límite de supervivencia humana. Es decir: hay lugares en la Tierra donde el cuerpo no puede enfriarse por sudoración, y morirías aunque estuvieras a la sombra, con agua y sin hacer esfuerzo.
Lo que me perturba como escritor es la narrativa de normalización. Cada verano es el más caluroso de la historia, y cada verano nos acostumbramos un poco más. Los noticieros muestran termómetros rojos, las redes se llenan de memes sobre el calor, y luego pasa. Pero el planeta no se recupera entre un verano y otro: se calienta más. Y cada décima de grado suma consecuencias que no son reversibles en escalas humanas de tiempo. El espectáculo del termómetro se ha convertido en entretenimiento estival, y el horror en rutina.
El calor no solo quema la piel: enciende las calles. Los estudios demuestran una correlación directa entre las olas de calor extremo y los estallidos sociales. Cuando la temperatura supera los umbrales de habitabilidad, la paciencia también se derrite. Como escritor chileno, pienso en octubre de 2019, cuando la ciudad hervía literal y metafóricamente. En "El crudo invierno del 91", el calor es el telón de fondo de la rebelión: no se protesta solo por ideología sino porque el cuerpo no soporta más. La distopía climática y la distopía política se funden cuando la temperatura hace imposible la indiferencia.
En mis cuentos distópicos, el mundo calcinado no es un escenario postapocalíptico: es un martes cualquiera en 2050. La gente trabaja, ama, sueña, pero lo hace bajo un sol que mata. Y la verdadera tragedia no es que el planeta arda, sino que lo supimos, pudimos evitarlo y no lo hicimos. El infierno no es el fuego: es la indiferencia que lo encendió y la costumbre que lo normalizó. Cincuenta grados a la sombra no es el final de la historia: es el principio de una era que ya comenzó y de la que nadie despierta.
Rolando Fryderup Krause · Escritor · Pucón, Chile